Raspaos,
raspaos….
Como
todos los días, en la tarde me dispongo para recoger a mis hijos en el colegio. Esta ves con un tarea en mi mente, observar el trabajo de todos
los vendedores que se agolpan a la salida de la
institución donde siempre encentraran
clientes para cuanta chuchería quieran
vender. Hoy Llegué más temprano de
lo usual con el ánimo de observar qué hacen estos comerciantes a la espera de
sus compradores fieles.
Obleas,
dulces, en su tradicional chaza, manzanas y fresas acarameladas, juguetes,
rosquillas agridulces, empanadas, bon ice, mangos y crispeta de colores, son
algunos de los productos que esperan a
que suene el estridente timbre del colegio, señal irrefutable de que una
jornada escolar ha concluido.
Sin
embrago, un hombre con su enérgica voz
llamó mi atención, Raspao, raspao, “con
limón y lechera o como lo quiera” vociferaba. Algunos vendedores estaban
conversando con sus compañeros, otros barriendo su pequeño espacio; el de las
manzanas acarameladas espantando las moscas; el de las crispetas empacándolas
en bolsitas, pero el de los raspaos con toda la actitud del buen vendedor ya estaba listo ofreciendo su producto para
que cualquier transeúnte que pasara por el lugar se antojara. As{i es que decidí
hacerle unas preguntas y conocer un poco más de su trabajo.
Eusebio
Martínez es su nombre, hace cinco años, después de buscar trabajo infructuosamente decidió rebuscarse la vida. Compró un carrito de raspaos, en ese entonces le
costó dos millones de pesos, y con un plante de doscientos mil pesos para la
materia prima inició su negocio.
Cada
noche Eusebio abastece el congelador de
su nevera con recipientes llenos de agua. Al día siguiente ya está listo el principal
insumo de su producto, el hielo. A eso de las 11:00 de la mañana carga la cava
de su carrito de raspados con abundante hielo, prepara las esencias, palitos, miel etc. Y parte
hacia el colegio para vender en la jornada de la mañana. Sin embargo, no es tan
buena como la jornada de la tarde en la que estudian los niños más pequeños y
por ende clientes potenciales.
A la
1:30 está de nuevo en casa. Luego de un descanso se prepara nuevamente para
salir. Provee la cava y demás insumos. Sale a las 4:00 de la tarde rumbo a su
habitual lugar de trabajo.
Estando
allí, a la espera de sus clientes, conversa un poco con sus compañeros de
trabajo, pues aunque no es una oficina o
recinto, lugares a los que acostumbrados ligar la palabra “compañeros de
trabajo”, ellos han logrado a través de la cotidianidad crear vínculos de amistad.
Chistes,
risas, comentarios sobre la noticia del Q´hubo, chismes de la vecina, piropos
para las mujeres que transitan el lugar, hacen parte de los temas de conversación que amenizan la espera.
Eusebio
mira su reloj. Fiel a su experiencia en las afueras del colegio mide con
exactitud el tiempo y coincide con el
timbre retumbante que deja libre a los
estudiantes, o al menos libres hasta la siguiente jornada.
La
reja se abre. Es entonces cuando la
bandada de muchachitos sale, algunos descamisados, sucios, unos contentos otros
paliando, pero todos llenos de energía como si no hubiese trascurrido toda una
tarde. Sin embargo, la mayoría de los padres apaciguan ese torbellino
accediendo a sus peticiones. Es ahí en donde la venta se pone buena. Raspaos
raspaos “con limón y lechera o como lo
quiera” a 600- 800 y 1.000 ofrece
Eusebio. Las aspas de su máquina trabajan a toda marcha pues el tiempo de buena
venta es corto, en 30 o 40 minutos ya
estará desocupada la salida del colegio y cesará la venta.
Uno
tras otro extiende los vasos y los llena de hielo raspado con mucha agilidad, agrega esencias de limón, mora,
cola, chicle; introduce un palito de madera
y como toque final complementa con un poco de miel y mucha lechera, a
petición de sus pequeños clientes. Una ronda tras otra, y poco a poco van
disminuyendo. Una hora después ya se han
marchado casi todos. Un buen día para Eusebio, en total vendió 58 raspados.
Ya
es hora de regresar a casa, eso sí con la convicción de que mañana sus pequeños clientes volverán a probar los
deliciosos raspados de Eusebio.
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