miércoles, 3 de octubre de 2012


 Crónica: Un pequeño martirio





  El cuerpo humano es sin duda alguna la mejor muestra de la perfección de  la naturaleza. Cada órgano, célula, y partícula de nuestro cuerpo tiene una función determinada que trabaja como un engranaje, a la perfección. Sin embargo, cuando alguna parte de nuestro organismo, por pequeña que sea, no funciona bien todo el cuerpo se desencaja y se manifiesta con malestar y dolor. Un ejemplo de esto son las uñas  encarnadas. Si bien es cierto que los pies son la parte del cuerpo que menos cuidamos, son ellos los que además de darnos equilibrio  soportan nuestro peso todo el día y una uña encarnada hace imposible que cumplan su función.
  Con base en lo anterior trato de entender la llamada desesperada de mi hermana Diana para que hoy, en domingo, interrumpa mi descanso y  me pida que le arregle las uñas.
  “Hola Xiomy, ¿está ocupada? Necesito que por favor me ayude  porque tengo una  uña encarnada ¡ya no me aguanto más!, ¿todavía tiene los implementos de pedicura? Preguntó”.  Mientras escuchaba la súplica de mi hermana mi mente divagaba rastreando el último lugar en donde había visto los implementos de trabajo, pues antes de iniciar mis estudios universitarios hice un curso de belleza y aún guardaba algunas cosas. Después de unos segundos recordé en donde los había guardado…el gabinete del baño.
  En aras de aliviar el dolor de mi hermana le dije que la esperaba en media hora para tratar de arreglarle la uña. Tiempo necesario para preparar los implementos; forrar con una bolsa plástica el recipiente para meter los pies, preparar las toallas, calentar el agua, esterilizar  el cortaúñas, corta cutícula. etc.
  Cuando todo estaba listo ella llegó. Caminaba cojeando porque el dolor era insoportable, se quitó el zapato y me mostró el dedo. Estaba rojo, inflamado y con materia alrededor, a simple vista se podía imaginar el dolor que  estaba sintiendo. De inmediato le pedí que metiera  el pie en el agua tibia para remojarlo, pues  así es más fácil remover la cutícula. Quince minutos después traté de empezar a trabajar pero fue imposible, Diana tenía tan inflamado el dedo que no permitía que lo tocara pero tampoco era capaz de quedarse con la uña así. Entones metió el pie en agua quince minutos más.
  La cara de desespero de mi hermana me conmovía. Había que sacarle esa uña encarnada  como diera lugar. Para empezar  le aplique un aceite con vitamina E que permite ablandar la piel que rodea la uña; luego retiré  la cutícula suavemente.  Hasta el momento, nada de esto era  doloroso. Pero después vino Lo peor, empecé a sacarle con una palita metálica  la materia que tenía acumulada debajo de la uña. Tarea sumamente difícil pues  tan pronto le tocaba el dedo   ella lo retiraba como si lo estuviera puyando con una aguja.
  Después de intentar unos minutos más ella se dio por vencida, el dolor la doblegó y en medio de un repentino optimismo  ilusorio me dijo: “No Xiomy, ya no me aguanto más, mejor me voy para la casa y me pongo un poquito de sábila caliente en la uña, yo he escuchado que eso ayuda”.  Al igual que muchos Diana pensaba que con remedios caseros se podía solucionar el  problema.
  Sin embargo, horas después volvió a mi casa. Esta vez  el dolor era más evidente, fruncía la frente, se mordía los labios y  sus ojos estaban aguados, un minuto más  y sus lágrimas caerían… Entonces debí explicarle que  lo más importante para arreglar su uña era cortarla recta y sacar el fragmento que estaba causando el malestar. Era  necesario hacerle entender que aunque le doliera si quería  mejorarse debía soportar el dolor. 


  Después de intentarlo en varias ocasiones y en medio de los quejidos logré sacar la fracción de uña. Era una extraña sensación porque aunque sabía que a ella le estaba doliendo yo no sentía compasión y solo quería continuar, claro está, con la intención de aliviar su dolor.   Sin embargo, después de  toda tormenta  viene la clama y tan pronto logré cortar la uña fue evidente el descanso,  su cuerpo se relajó y en su rostro se reflejó la  sensación de mejoría que estaba sintiendo.

Por más terrible que una persona tenga  los pies: lastimados, mal cuidados, en ocasiones desaseados, de eso depende el trabajo estético de los pericuristas, lograr limpiar y acicalar  los pies es en cierta medida su retribución,  sobra decir que no hay mejor pago que la satisfacción de haber ayudado a quien lo necesitaba. 

lunes, 1 de octubre de 2012

Crónica sobre un estudiante que trabaja.


García Márquez  Vrs  Silvestre Dangón


Los viernes, en la universidad se respira un  ambiente diferente. En los pasillos no se escucha el bullicio usual del cambio de clases, tal vez porque muchos  salen temprano o simplemente deciden  faltar a clase, de por sí la magia del viernes es que la mente se libera y todo inexplicablemente se hace más fácil. Los pensamientos divagan y surgen mil opciones sobre qué hacer es fin de semana.
Sin embargo, no para todos es igual. Hay personas para quienes las obligaciones no son tan condescendientes y el viernes no es señal de que una  semana de  estudio ha terminado; al contrario, cesa el estudio y empieza el trabajo.
Este es  el caso de una estudiante de licenciatura de español y literatura de la UIS. Cursa séptimo semestre y para sustentar sus gastos optó por buscar trabajo; aunque tocó muchas puertas  ninguna se abría, pues ser estudiante de la UIS tiene muchas ventajas, pero cuando de trabajar se trata los horarios son la principal dificultad.  No obstante, ella no se dio por vencida. Cuando su paciencia parecía llegar al límite encontró un trabajo para los fines de semana como mesera. El  horario inicia a las 4:00 de la tarde y termina tipo 3: 00 de la mañana.
El viernes, mientras sus  compañeros se preparaban  para disfrutar del fin de semana, ella iniciaba su horario laborar. Llega a la discoteca, conversa un rato con sus compañeros de trabajo, al igual que ella  estudiantes de la UIS, de otras carreras, y  cuando ingresan los  primeros  clientes  inicia formalmente la noche.
Cuando  hablé con ella sobre su trabajo note que  lo describía  con tal facilidad que deduzco que ya es de su dominio y agrado.
 “Al principio fue duro. Acostumbrarme a trasnochar y trasportarme a esa hora sola fue lo más difícil” dijo.
- “Empecé para probar, pero cuando vi que me quedaba platica empecé a cogerle el gusto .No es nada del otro mundo; atender las mesas, llevar las bebidas y estar pendiente de que los clientes no se vayan si pagar.
-Es cómico ver que durante toda la semana estoy inmersa en un ambiente donde los versos que se escuchan son los de Rubén Darío, Julio Herrera Reassing, William Ospina; los  cuentos de Quiroga, Allan Poe, y Gracia Márquez.  etc.  Y  Los fines de semana esto da un giro exorbitante, de versos de poesía paso al repetitivo vallenato de Silvestre Dangón  y de escuchar  cuento literario   a escuchar los “cuentos” rebuscados que los caballeros   dicen a las acicaladas damas para conquistarlas  en medio de los efervescentes tragos.
Con pocas palabras esta joven hizo una síntesis interesante del ambiente de una discoteca y cerró diciendo que al pasar de las horas los calificativos damas y caballeros no aplica para la ocasión.
Pasan las horas volando, en una mesa piden ron en otra aguardiente, en la barra cerveza. El cansancio ya se empieza  a sentir pues está despierta desde las 6:00 de la mañana  y ya es la 1:00 am y todavía en movimiento.
“La policía llega como de costumbre para hacer una requisa  y anunciar que ya es la hora reglamentaria  para  cerrar, ¡que alivio!  Tan pronto cerramos lo primero que hicimos fue  cuadrar cuentas, pues el pago es diario, pedimos algo de comida  un taxi y cada uno para su casita. En la noche me cuadro con propinas y todo más menos  60.000 mil pesos y el sábado es mejor, con eso paso toda la semana”. Me comentaba.
Veo que este trabajo cubre sus necesidades, ¿le agrada trabajar como mesera? Le pregunté.
-“No es que me guste, lo que pasa es que es difícil encontrar un trabajo donde uno tenga tiempo para estudiar y gane lo suficiente para los buses y las fotocopias, que en esta carrera piden bastantes, sin embrago, ya estoy acostumbrada. Además como es en la noche, me queda libre la mitad del día para adelantar trabajos del universidad que tenga pendientes  o simplemente estudiar”
Dependiendo de qué tantos gastos tenga para la semana esta comprometida estudiante hace los turnos del domingo; de no ser así toma  ese día para descansar, apenas justo para una semana de estudio y un fin de semana de trabajo. La vida cotidiana de esta joven tiene una  agenda tan  apretada que no queda espacio para el esparcimiento. Cuando no es estudio es trabajo. No obstante, esto no es impedimento para ella, cualquier otra persona viviría quejándose, justificándose porque no tiene tiempo, pero ella no. Ella se esmera por ser siempre la mejor. La presión, el estrés, el cansancio no son obstáculos, son un motor que la empuja a ser cada día mejor y lograr que las puertas a un mejor futuro se abran gracias a su preparación y estudio.