sábado, 7 de julio de 2012


Raspaos, raspaos….

Como todos los días, en la tarde me dispongo para recoger a mis hijos en el  colegio. Esta ves con un tarea en  mi mente, observar el trabajo de todos los   vendedores que se agolpan a la salida de la institución  donde siempre encentraran clientes para cuanta chuchería  quieran vender.      Hoy Llegué más temprano de lo usual con el ánimo de observar qué hacen estos comerciantes a la espera de sus compradores fieles.
Obleas, dulces, en su tradicional chaza,  manzanas y fresas acarameladas, juguetes, rosquillas agridulces, empanadas, bon ice, mangos y crispeta de colores, son algunos de los productos que  esperan a que suene el estridente timbre del colegio, señal irrefutable de que una jornada escolar ha concluido.
Sin embrago, un hombre  con su enérgica voz llamó mi atención, Raspao, raspao,  “con limón y lechera o como lo quiera” vociferaba. Algunos vendedores estaban conversando con sus compañeros, otros barriendo su pequeño espacio; el de las manzanas acarameladas espantando las moscas; el de las crispetas empacándolas en bolsitas, pero el de los raspaos con toda la actitud del buen vendedor  ya estaba listo ofreciendo su producto para que cualquier transeúnte que pasara por el lugar se antojara. As{i es que decidí hacerle unas preguntas y conocer un poco más de su trabajo.
Eusebio Martínez es su nombre, hace cinco años, después de buscar trabajo  infructuosamente decidió rebuscarse  la vida. Compró  un carrito de raspaos, en ese entonces le costó dos millones de pesos, y con un plante de doscientos mil pesos para la materia prima inició su negocio.
Cada noche  Eusebio abastece el congelador de su nevera con recipientes llenos de agua.  Al día siguiente ya está listo el principal insumo de su producto, el hielo. A eso de las 11:00 de la mañana carga la cava de su carrito de raspados con abundante hielo, prepara   las esencias, palitos, miel etc. Y parte hacia el colegio para vender en la jornada de la mañana. Sin embargo, no es tan buena como la jornada de la tarde en la que estudian los niños más pequeños y por ende clientes potenciales.
A la 1:30 está de nuevo en casa. Luego de un descanso se prepara nuevamente para salir. Provee la cava y demás insumos. Sale a las 4:00 de la tarde rumbo a su habitual lugar de trabajo.
Estando allí, a la espera de sus clientes, conversa un poco con sus compañeros de trabajo, pues aunque no es  una oficina o recinto, lugares a los que acostumbrados ligar la palabra “compañeros de trabajo”, ellos han logrado a través de la cotidianidad crear  vínculos de amistad.
Chistes, risas, comentarios sobre la noticia del Q´hubo, chismes de la vecina, piropos para las mujeres que transitan el lugar, hacen parte de los temas de  conversación que amenizan la espera.
Eusebio mira su reloj. Fiel a su experiencia en las afueras del colegio mide con exactitud el tiempo y  coincide con el timbre  retumbante que deja libre a los estudiantes, o al menos libres hasta la siguiente jornada.
La reja se abre. Es entonces cuando  la bandada de muchachitos sale, algunos descamisados, sucios, unos contentos otros paliando, pero todos llenos de energía como si no hubiese trascurrido toda una tarde. Sin embargo, la mayoría de los padres apaciguan ese torbellino accediendo a sus peticiones. Es ahí en donde la venta se pone buena. Raspaos raspaos   “con limón y lechera o como lo quiera” a  600- 800 y 1.000 ofrece Eusebio. Las aspas de su máquina trabajan a toda marcha pues el tiempo de buena venta es corto, en 30 o  40 minutos ya estará desocupada la salida del colegio y cesará la venta.
Uno tras otro extiende los vasos y los llena de hielo raspado con mucha  agilidad, agrega esencias de limón, mora, cola, chicle; introduce un palito de madera  y como toque final complementa con un poco de miel y mucha lechera, a petición de sus pequeños clientes. Una ronda tras otra, y poco a poco van disminuyendo. Una hora después  ya se han marchado casi todos. Un buen día para Eusebio, en total vendió 58  raspados.
Ya es hora de regresar a casa, eso sí con la convicción de que mañana  sus pequeños clientes volverán a probar los deliciosos raspados de Eusebio.