Crónica:
Un pequeño martirio
El cuerpo humano es
sin duda alguna la mejor muestra de la perfección de la naturaleza. Cada órgano, célula, y partícula
de nuestro cuerpo tiene una función determinada que trabaja como un engranaje,
a la perfección. Sin embargo, cuando alguna parte de nuestro organismo, por
pequeña que sea, no funciona bien todo el cuerpo se desencaja y se manifiesta
con malestar y dolor. Un ejemplo de esto son las uñas encarnadas. Si bien es cierto que los pies
son la parte del cuerpo que menos cuidamos, son ellos los que además de darnos
equilibrio soportan nuestro peso todo el
día y una uña encarnada hace imposible que cumplan su función.
Con base en lo anterior trato de entender la
llamada desesperada de mi hermana Diana para que hoy, en domingo, interrumpa mi
descanso y me pida que le arregle las
uñas.
“Hola Xiomy, ¿está ocupada? Necesito que por
favor me ayude porque tengo una uña encarnada ¡ya no me aguanto más!, ¿todavía
tiene los implementos de pedicura? Preguntó”. Mientras escuchaba la súplica de mi hermana mi
mente divagaba rastreando el último lugar en donde había visto los implementos
de trabajo, pues antes de iniciar mis estudios universitarios hice un curso de
belleza y aún guardaba algunas cosas. Después de unos segundos recordé en donde
los había guardado…el gabinete del baño.
En aras de aliviar el dolor de mi hermana le
dije que la esperaba en media hora para tratar de arreglarle la uña. Tiempo
necesario para preparar los implementos; forrar con una bolsa plástica el
recipiente para meter los pies, preparar las toallas, calentar el agua,
esterilizar el cortaúñas, corta
cutícula. etc.
Cuando todo estaba listo ella llegó. Caminaba
cojeando porque el dolor era insoportable, se quitó el zapato y me mostró el
dedo. Estaba rojo, inflamado y con materia alrededor, a simple vista se podía
imaginar el dolor que estaba sintiendo.
De inmediato le pedí que metiera el pie
en el agua tibia para remojarlo, pues
así es más fácil remover la cutícula. Quince minutos después traté de
empezar a trabajar pero fue imposible, Diana tenía tan inflamado el dedo que no
permitía que lo tocara pero tampoco era capaz de quedarse con la uña así.
Entones metió el pie en agua quince minutos más.
La cara de desespero de mi hermana me
conmovía. Había que sacarle esa uña encarnada
como diera lugar. Para empezar le
aplique un aceite con vitamina E que permite ablandar la piel que rodea la uña;
luego retiré la cutícula suavemente. Hasta el momento, nada de esto era doloroso. Pero después vino Lo peor, empecé a
sacarle con una palita metálica la
materia que tenía acumulada debajo de la uña. Tarea sumamente difícil pues tan pronto le tocaba el dedo ella lo retiraba como si lo estuviera puyando
con una aguja.
Después de intentar unos minutos más ella se
dio por vencida, el dolor la doblegó y en medio de un repentino optimismo ilusorio me dijo: “No Xiomy, ya no me aguanto
más, mejor me voy para la casa y me pongo un poquito de sábila caliente en la
uña, yo he escuchado que eso ayuda”. Al
igual que muchos Diana pensaba que con remedios caseros se podía solucionar
el problema.
Sin embargo, horas después volvió a mi casa.
Esta vez el dolor era más evidente,
fruncía la frente, se mordía los labios y
sus ojos estaban aguados, un minuto más
y sus lágrimas caerían… Entonces debí explicarle que lo más importante para arreglar su uña era
cortarla recta y sacar el fragmento que estaba causando el malestar. Era necesario hacerle entender que aunque le
doliera si quería mejorarse debía
soportar el dolor.
Después
de intentarlo en varias ocasiones y en medio de los quejidos logré sacar la fracción
de uña. Era una extraña sensación porque aunque sabía que a ella le estaba
doliendo yo no sentía compasión y solo quería continuar, claro está, con la
intención de aliviar su dolor. Sin embargo, después de toda tormenta
viene la clama y tan pronto logré cortar la uña fue evidente el
descanso, su cuerpo se relajó y en su
rostro se reflejó la sensación de
mejoría que estaba sintiendo.
Por
más terrible que una persona tenga los
pies: lastimados, mal cuidados, en ocasiones desaseados, de eso depende el
trabajo estético de los pericuristas, lograr limpiar y acicalar los pies es en cierta medida su
retribución, sobra decir que no hay
mejor pago que la satisfacción de haber ayudado a quien lo necesitaba.
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